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William, barman de hotel en un pueblo perdido de Cuba, vive de fabricar espejismos para extranjeras solitarias. Le basta una sonrisa dosificada y algunas frases dulces para encandilar a mujeres dispuestas a rescatarlo de su isla. Pero cuando Belén, su última presa, llega sin previo aviso, lo sorprende no solo con su belleza que desmiente la foto deslucida que él conocía , sino con una lucidez feroz que desarma todas sus artimañas. William se encuentra atrapado en su propio juego: obligado a fingir, a seducir, a encarnar al amante sumiso que ya no distingue la verdad de la máscara. Cada caricia es una jaula y cada frase, un disparo al orgullo.
Mientras tanto, Damián, su hermano menor, arrastra la deuda impagable de una apuesta estúpida con el matón local, y deambula por los márgenes como un perro que olfatea su propia condena. A cada paso se hunde más en un fango de negocios turbios, encuentros con turistas morbosos y arreglos que prometen la redención a precio de traición. En esta historia de espejos rotos y lobos con alma de cordero, los personajes se debaten entre la supervivencia y la autodestrucción, entre la ternura fingida y la violencia latente. Nadie es quien dice ser y todos intuyen aunque no lo confiesen que la inocencia es solo una coartada para devorar o ser devorado.

